La orquesta de entonarruidos, 1916

 

El lector que haya seguido el análisis de los diferentes timbres de los entonarruidos tal vez estará incrédulo respecto a las calidades de estos timbres y acerca de los méritos de cada uno de los entonarruidos; será en fin todavía esclavo del viejo prejuicio según el cual el ruido no puede ser musical.

Pues bien: el examen que he hecho de los entonarruidos es sin embargo un examen más bien SEVERO.

Las calidades de estos instrumentos son superiores a lo que he dicho sobre ellas.

Todos los que han podido escucharlos no sólo en los conciertos más o menos borrascosos, sino en la tranquilidad y en la calma de una sala privada, todos los que los han escuchado uno después de otro y que han podido darse cuenta exactamente de las variadas posibilidades y los variados timbres han constatado unánimemente la fascinación, la belleza, la novedad de la emoción que estos producen.

Y tengamos en cuenta que el conjunto de todos estos instrumentos, muy lejos de dar un desagradable o cacofónico amasijo de ruidos ensordecedores, puede en cambio dar unas amalgamas dulcísimas, llenas de fascinación, de misterio, manteniendo siempre, incluso en los fortísimos, una musicalidad sorprendente.

Debo decir sin embargo que para que se pueda obtener este resultado es necesario que los intérpretes estén bien entrenados, que tengan práctica con los instrumentos y cuiden la entonación con el máximo celo. (Cosa por lo demás necesaria en cualquier orquesta).

¡Esta ejecución perfecta sólo la he podido obtener en Milán, donde por el contrario la bestialidad del público impidió que se escuchara un solo movimiento!

Insisto en la dulzura de ciertas amalgamas que pueden obtenerse con los entonarruidos, pues es lo que menos se imagina en favor de estos instrumentos, y para apreciarla es necesario el silencio más absoluto en la sala.

Nadie puede imaginar qué dulzura y que fascinación se obtienen con modulaciones armónicas y acordes sostenidos, dadas por ejemplo con la unión de los aulladores bajos y medios, del silbador bajo y el zumbador, y qué maravilloso contraste resulta si sobre esta amalgama entra repentinamente un crepitador agudo a modular un tema, o los gorgoteadores a apoyar determinadas notas o a marcar los ritmos. Es un efecto absolutamente desconocido en las orquestas; como también ninguna orquesta, que no sea la de los entonarruidos, puede dar la sensación del pulsar de vida agitada, exaltante por intensidad y variedad rítmica, que se puede obtener con la unión de los estruendores, de los explotadores, de los crepitadores y de los frotadores.

He agregado a mi orquesta (y encuentro utilísimo el añadido) dos timbales, un sistro y un xilófono que ponen, con su timbre bien claro y seco, un contraste interesante en los timbres complejos de los entonarruidos.

Y aquí es oportuno tocar la cuestión de la posibilidad de unir los entonarruidos a la orquesta común.

Puesto que la musicalidad es incontestable, y la entonación, en los entonarruidos, resulta perfecta, es lógico y natural que se puedan incorporar a la orquesta común.

El primero entre los músicos de vanguardia, mi querido amigo y hermano futurista Pratella ha realizado dicha unión en su ópera El Héroe. Y estoy seguro de que otros (la autorización me ha sido ya solicitada por varios compositores) querrán seguir el ejemplo de Pratella.

Sin embargo, mi objetivo es y será siempre completar y ampliar la orquesta completa y únicamente integrada por entonarruidos. Para lograrlo me sirven de estímulo los resultados más que suficientes ya obtenidos, con el fin de que la orquesta de entonarruidos sea y deba permanecer como una cosa aparte, pero completa.

Puesto que una de las razones que más me han impulsado a ampliar el campo de los timbres orquestales ciñéndome a los ruidos fue precisamente el cansancio que padece nuestro oído al escuchar los timbres ya demasiado comunes de la orquesta misma, y la casi imposibilidad que se constata, incluso en los orquestadores modernos más evolucionados de crear nuevas amalgamas a partir de los escasos y demasiado viejos timbres que las orquestas comunes pueden ofrecer.

¿Quién no conoce ya hasta la saciedad los timbres de los instrumentos con arco, de las trompetas y los pequeños instrumentos?

¿Quién puede tener aún la esperanza de recibir de estos instrumentos emociones nuevas? ¡La emoción que estos pueden seguir proporcionando es sin duda la de abrir la boca en un inevitable bostezo! Y el bostezo no es precisamente la más nueva de las emociones...

El estupor que produce la novedad absoluta de los timbres, y el hecho de escuchar timbres de ruidos convertidos en musicales, provocan un conjunto de sensaciones, nuevas para el oído, del que justamente deriva la emoción profunda que se experimenta al escuchar la orquesta de entonarruidos.

Y dado que el timbre complejo del ruido, debido a la riqueza de los sonidos armónicos que lo componen, tiene una indeterminación por la cual el oído intuye pero no se explica dicha composición, resulta difícil que el oído se canse.

Cuando una sensación se ha vuelto común para nuestros sentidos, cuando nuestros sentidos la comprenden perfectamente, cuando ya nada oculto puede revelarles, dicha sensación deja de producirnos emoción alguna.

La audición muchas veces repetida de la orquesta de entonarruidos siempre tiene emociones nuevas que proporcionarnos, porque nuestros sentidos no tienen la posibilidad de desbrozar tan fácilmente los elementos que la componen y hallan por tanto en la involuntaria búsqueda de tales elementos características siempre nuevas que descubrir y que aclarar, de tal manera que en nosotros permanece siempre vivo el interés y la atención siempre alerta.

Me quedan todavía por decir unas pocas palabras sobre las posibilidades de obtener de la orquesta de entonarruidos todas sus capacidades, a través de los intérpretes.

Los entonarruidos, como ya he dicho, tienen una escala graduada que indica los distintos puntos a los que se lleva la palanca para obtener los diferentes tonos y semitonos.

Pero es fácil entender que son, a pesar de esto, instrumentos de entonación libre. Es sobre todo el oído el que debe percibir cuándo el tono es justo, y es también necesario que la mano se habitúe a determinados movimientos de una determinada amplitud, en el desplazamiento de la palanca, para poder llevar de inmediato el tono a la altura debida.

No ocurre de un modo distinto en el caso del violín, la viola, el violonchelo y el contrabajo.

Es útil por tanto, en cuanto a la elección de los intérpretes, buscar músicos ya acostumbrados a tocar instrumentos de entonación libre, puesto que su oído está generalmente más atento y es más sensible a una entonación perfecta.

Por lo demás, un intérprete que sea un poco abierto e inteligente consigue, después de unos cuantos ensayos, adquirir la suficiente práctica del instrumento como para poderlo entonar con suficiente precisión.

Recuerdo, por ejemplo, que en Milán, cuando preparé la interpretación en el Dal Verme, al quinto ensayo ya se podía escuchar algún principio de ejecución discreta.

Al séptimo u octavo ensayo la interpretación fue buena, al undécimo era excelente.

Si luego, como de hecho estoy convencido, la orquesta se difunde y los intérpretes tienen cada uno su instrumento en casa, para poder ejercitarse, se llegará sin duda a tener con pocos ensayos interpretaciones buenísimas.

Y también se podrá contar con intérpretes capaces de ese virtuosismo que resulta detestable cuando tiene pretensiones artísticas, pero que es muy útil en un intérprete de orquesta.

Las dificultades de lectura para las transiciones enarmónicas fueron limitadas por mí lo más posible, adoptando el sistema de grafía del que he hablado sólo y únicamente para las transiciones que lo requerían.

Por ejemplo, escribía todo lo que no era enarmónico con las notas comunes, y sólo utilizaba la nota-línea en las transiciones enarmónicas, cuya duración venía determinada por los cuartos que quedaban para completar el compás o, si era más largo que un compás, ésta se indicaba con líneas verticales. Dicha lectura resultó pues facilísima para todos.

Como se ve entonces, las dificultades para las interpretaciones de la orquesta de entonarruidos no son tan grandes como parecería a primera vista: la única gran dificultad parece seguir siendo la brutalidad del público, que no quiere escuchar... pero esperamos, incluso creemos firmemente, poder vencerla también.

 

 

 

 

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