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" LA PERCEPCIÓN DEL CONSUMO DE ALCOHOL: EL ANÁLISIS DE LOS SESGOS ATRIBUTIVOS COMO ORIENTACIÓN PARA LA INTERVENCIÓN SOCIAL CON JÓVENES "
 
Santiago Yubero, Elisa Larrañaga, Raúl Navarro, Cristina Serna e Isabel Martínez
Universidad de CASTILLA-LA MANCHA
 

1.- Introducción.

2.- Método.

3.- Resultados.

4.- Conclusión.

5.- Referencias .

 

 

1. Introducción

Sabemos que las drogas, los consumos y las vivencias asociadas a ellas no son realidades estrictamente objetivas (Megías, 2000; Megías y Rodríguez, 2001). Se trata de realidades que se modifican históricamente conforme lo hacen los contextos y la propia realidad social desde la que se analizan estos aspectos. Por ello, independientemente de que las sustancias son un producto determinado y objetivo, y existen personas que consumen o no estos productos, ni la valoración que se hace de cada una de las sustancias, ni la percepción que se tiene de ellas y de su consumo es la misma e, incluso, podríamos decir que esta percepción, en ocasiones, tiene muy poco que ver con la peligrosidad del producto y sus repercusiones físicas o sociales. Y es que la interacción colectiva y el sistema de relaciones de los miembros de una sociedad, construye el complejo sistema de percepciones que constituye una forma particular de conocimiento compartido, por la mayoría de los miembros que componen ese colectivo.

Esta construcción de una realidad social cotidiana guía nuestras conductas y justifica nuestros comportamientos. Un aspecto clave en la toma de decisiones sobre las conductas a realizar es la percepción que el sujeto tiene de las conductas que llevan a cabo las personas pareadas a él, justificando con ello la ejecución de su conducta. Las conclusiones acerca de cómo actúa la gente son de suma importancia puesto que determinan nuestra reacción ante los otros y las decisiones que tomaremos respecto a ellos y a nuestra propia forma de actuar.

Las atribuciones, que son explicaciones cotidianas y de sentido común que elaboramos las personas para explicar los sucesos sociales, se hacen con rapidez y muestran tendencias claras hacia ciertos sesgos sistemáticos, que son subjetivos, estables y difíciles de eliminar. Estos sesgos se mantienen porque nos ayudan a proteger nuestra actuación en relación a los demás (“todos lo hacen”), defienden nuestra autoestima (“si todos lo hacen, no será tan malo”) y nos ayudan a comprender los hechos sociales por la simplificación que hemos realizado de los mismos.

Estos procesos se realizan en todas las edades, poniendo de manifiesto la importancia de las atribuciones, pasando a primer plano lo percibido sobre lo real (Hewstone et al. 1990).

De los sesgos más relevantes que aparecen en las campañas de educación para la salud (Igartua, 1996) nosotros nos centraremos, principalmente, en el análisis de:

Falsa unicidad . Tendencia a subestimar la proporción de personas que llevan a cabo acciones normativas.

Falso consenso . Tendencia de un grupo que comparte un atributo a sobreestimar la frecuencia o prevalencia de este atributo en los demás de su grupo, frente al grupo que no lo posee (Nisbett y Roos, 1980). La comparación entre las estimaciones de frecuencia de conducta de los “otros”, realizadas por las personas que mantienen una determinada conducta y las que no, permite constatar si esta sobreestimación se da (Miller y Prentice, 1996).

Un paso previo a la implantación de programas de promoción de la salud eficaces ha de ser, necesariamente, la evaluación de las posibles variables que los sustentan. El objetivo de nuestro estudio es, precisamente, analizar la percepción social que tienen los jóvenes sobre el consumo de sus iguales. Explicar el consumo mediante un modelo social, aunque sin descartar las variables intrapersonales.

2. MÉTODO

El estudio fue llevado a cabo con una muestra de 3.065 jóvenes estudiantes de los Institutos de Educación Secundaria de la provincia de Cuenca, representativa de la población escolarizada en este nivel educativo, seleccionada a través de un procedimiento aleatorio por Institutos y cursos, según su tamaño. Fue encuestada el 55% de la muestra de partida, entre 13 y 18 años; la distribución por sexos es: 47.3% varones y 51.9% mujeres.

El cuestionario recoge información sobre: estilo de vida (disponibilidad económica, ocio y tiempo libre, variables escolares y variables familiares), consumos (droga, tabaco y alcohol, aunque fundamentalmente centrada en el consumo de alcohol) y factores de prevención. Aunque, en esta comunicación se mostraran, exclusivamente, los resultados referidos al análisis de los procesos atributivos que realizan los jóvenes, en cuanto a la conducta de consumo de alcohol.

Para la asignación de la conducta de consumo de los jóvenes hemos empleado una recodificación de sus respuestas en las preguntas relativas a la frecuencia de consumo de cerveza y bebidas combinadas (cubatas). Hemos considerado “no consumidor” cuando la respuesta a ambas preguntas era ‘nunca', “consumidor esporádico” cuando la respuesta en alguna de las dos era ‘alguna vez' y “consumidor habitual” cuando informaban de un consumo como mínimo semanal (‘1 ó 2 veces a la semana', ‘3 ó 4 veces a la semana' y ‘a diario'), por entender que en este caso su conducta de consumo estaba insertada en su estilo de vida, realizándose de forma regular (habitual). Bajo esta condición, aparece un 41.6% de no consumo y un 58.4% de consumo, que se divide en un 24.7% de consumo esporádico y un 33.7% de consumo habitual (siendo un 3% consumo diario).

3. RESULTADOS

Como hemos visto, el sesgo de falsa unicidad c onsiste en considerar que las acciones normativas son llevadas a cabo por un porcentaje muy pequeño de gente, incrementándose con ello la percepción de que son muchos los sujetos que llevan a cabo acciones contra-normativas. En el caso del consumo de alcohol, se materializa con la estimación de que el consumo de alcohol es habitual entre los jóvenes.

Para analizar la presencia de este sesgo comparamos los porcentajes de respuesta a la pregunta: ¿cuánta gente de tu edad suele beber alcohol?, con el porcentaje de no consumo. La diferencia entre la respuesta “ninguno” (porcentaje percibido de personas que llevan a cabo acción normativa), y el valor porcentual real de no consumo (corresponde con las personas que efectivamente llevan a cabo la acción normativa), la consideramos indicativa de la presencia del sesgo de falsa unicidad.

Los resultados obtenidos, analizando la muestra globalmente, confirman la presencia del sesgo de falsa unicidad en cuanto al consumo de alcohol en los jóvenes (tabla 1).

Tabla 1: Sesgo de falsa unicidad

¿Cuánta gente de tu edad suele beber alcohol?

CONDUCTA REALIZADA:

No consumo: 41.6 %

Consumo esporádico: 24.7 %

Consumo habitual: 33.7 %

Ninguno

0.5 %

Muy pocos

5.2 %

Pocos

5.8 %

Bastantes

23.0 %

Muchos

27.5 %

Casi todos

37.8 %

 

Se produce una clara tendencia a subestimar el número de sujetos que no consumen alcohol y un incremento en el porcentaje de sujetos que estiman que consumen. Nos encontramos que, mientras el porcentaje real de no consumo es de más del 40%, no supera el 12% la percepción de bajo consumo.

En cuanto a la distribución por sexos, es más alto el sesgo de falsa unicidad entre las mujeres que en el grupo de varones, los resultados obtenidos aparecen reflejados en la tabla 2.

Tabla 2: Sesgo de falsa unicidad, por sexos

¿Cuánta gente de tu edad suele beber alcohol?

mujer

%

varón

%

Ninguno

0.3

Ninguno

0.8

Muy pocos

3.9

Muy pocos

6.7

Pocos

5.2

Pocos

6.5

Bastantes

21.9

Bastantes

24.2

Muchos

28.4

Muchos

26.7

Casi todos

40.3

Casi todos

35.0

N = 1604

N = 1461

No consumo: 42.4
Consumo esporádico: 28.1
Consumo habitual: 29.5

No consumo: 41.0
Consumo esporádico: 20.7
Consumo habitual: 38.3

 

Con un porcentaje de no consumo prácticamente igual en mujeres que en varones, la percepción sobre el consumo de alcohol es mayor entre las mujeres, siendo inferior la atribución de no consumo y superior la apreciación de “muchos” y “casi todos”.

Nos interesa conocer la distribución de este sesgo por edades, ya que la atribución lleva a la justificación de la conducta, y queremos valorar en el momento en que aparece la valoración subestimada de la acción normativa sobre el consumo de alcohol.

Se aprecia una diferencia entre los 13 años y las demás edades, mostrando un valor más elevado de percepción de no consumo, aún así, existe percepción de consumo por encima de la realidad en las personas de su misma edad.

A partir de los 14 años aparece claramente destacado el sesgo de falsa unicidad. Esto indica que los jóvenes de esta edad atribuyen un elevadísimo porcentaje de acciones no normativas, aunque el consumo está distribuido entre “bastantes”, “muchos” y “casi todos”, en porcentajes similares. A los 15 años vuelve a descender el porcentaje de apreciación de acciones normativas, produciéndose un incremento en “casi todos”. A partir de esta edad los porcentajes más elevados de respuesta se encuentran en esta categoría, significando una percepción de consumo general en los de su misma edad. A los 16 años no llega al 1% el “muy pocos” y se dispara al 50% la categoría “casi todos”; haciéndose una estimación de más del 80% de consumo generalizado (muchos y casi todos). A partir de esta edad los porcentajes de valoración de “muy pocos” y “pocos” son cero, no considerando ningún chico/a que haya sujetos que no consuman alcohol a esas edades, a la vez que los porcentajes del “casi todos” están por encima del 60%.

La normativa sobre consumo de alcohol indica la prohibición de venta a menores de 18 años, en un intento de que los menores no consuman; los datos reflejados en la segmentación por edades indican que la realidad no es reflejo de la normativa, no sólo en el consumo sino en la percepción social sobre el consumo de alcohol. En relación a los consumos se producen dos picos, a los 15 y a los 17 años, que marcan diferencias con respecto a la edad.

Como hemos visto, su propia percepción de consumo es mucho más elevada que el consumo real. En este sentido, los patrones de conducta de los más mayores dentro del centro escolar, pueden ofrecer información sesgada, así como lo reflejado en la televisión, puede dar una visión superficial e irreal de la realidad.

El falso consenso hace referencia a la tendencia que tenemos a pensar que los demás hacen lo mismo que nosotros. En este caso, los consumidores tenderán a considerar que los demás también actuarán en la misma dirección, es decir, consumiendo en mayor medida. Para valorar la producción de este sesgo segmentamos la muestra en función del consumo de alcohol de los jóvenes y comparamos los porcentajes de respuesta en la apreciación del consumo de los demás (tabla 3).

Tabla 3: Sesgo de falso consenso

¿Cuánta gente de tu edad suele beber alcohol? (%)

 

No consumo

Consumidores

p

Ninguno

1.1

0.2

 

 

 

0.00

Muy pocos

11.4

1.0

Pocos

11.8

1.7

Bastantes

31.8

16.9

Muchos

25.3

29.1

Casi todos

18.7

51.2

N

1.276

1.789

 

 

Si analizamos la evolución de la filas correspondientes a no consumo se observa una reducción del mismo con el consumo del joven al tiempo que se produce el incremento en la fila de “casi todos”. Lo que confirma la existencia del sesgo de falso consenso. Es decir, los no consumidores perciben en mayor medida que los demás no consumen, y los jóvenes consumidores aprecian un consumo más elevado de alcohol. Encontrando el porcentaje más alto de “casi todos” en el grupo de consumidores habituales (casi el 60 %)

En los jóvenes no consumidores el porcentaje de no consumo es muy superior al de los otros grupos, y superior también a la media, pero aún sigue estando por debajo del valor real de no consumo, reflejando el sesgo de falso consenso y también el ya comentado de falsa unicidad, incluso en los sujetos no consumidores. También existe una clara diferencia en cuanto a la percepción de las valoraciones de consumo en “casi todos”, siendo el porcentaje inferior a la media y muy por debajo del que alcanza en los consumidores (tanto esporádicos como habituales).

En cuanto a la distribución por sexos, aparece de nuevo una mayor percepción del consumo en mujeres. Respecto a la edad , en todos los casos aparecen diferencias significativas en la atribución realizada sobre el consumo de alcohol en los demás en función de su grupo de pertenencia, produciéndose de forma evidente el sesgo de falso consenso. Aunque es más acentuado en el grupo de consumidores habituales, posiblemente como justificación de su propia conducta de consumo. De hecho, los consumidores habituales de alcohol, a partir de los 14 años presentan como porcentaje más elevado de respuesta la alternativa “casi todos”, indicando su percepción de consumo de los demás en la misma dirección que ellos.

Llama la atención que incluso los no consumidores perciben su conducta como “atípica” entre los sujetos de su edad, no llegando el porcentaje de su apreciación al porcentaje real de no consumo. A partir de los 14 años, consumidores y no consumidores, perciben que el consumo de alcohol es una conducta habitual entre los jóvenes de su misma edad. A los 16 años la percepción social de consumo de alcohol es totalmente generalizada, considerando que todos los jóvenes de su edad son consumidores.

El sesgo de falsa unicidad y de falso consenso se aprecia también en la valoración de consumo que realizan de sus amigos (tabla 5).

Tabla 5: Consumo de alcohol de los amigos (en porcentajes)

 

Nunca

A veces

Todos los días

No consumo

26.3

46.4

3.8

Consumo esporádico

3.8

85.4

4.9

Consumo habitual

1.5

82.3

13.4

 

Se comprueba que los no consumidores hacen una valoración más elevada de no consumo que los consumidores, pero tampoco llega a alcanzar el valor real de no consumo. Los consumidores duplican los porcentajes de consumo de los amigos, consumo esporádico en la categoría “a veces” y consumo habitual también en “a veces” y “todos los días”. Percibiendo un consumo en los amigos mucho más elevado de los consumos reales que se encuentran en la muestra de estudio. Datos que confirman el sesgo de falsa unicidad.

Esta percepción de mayor consumo de los consumidores habituales se produce en la valoración de todas las personas (padre, madre, profesores, hermanos), produciéndose unos porcentajes más altos de consumo en “todos los días”, llevando el sesgo de falsa unicidad a los “otros” de forma generalizada.

Cuando se les pregunta sobre cuánto consumen los jóvenes de su edad, aparece una percepción elevada de consumo que, sin embargo, no es asumida como propia cuando se les pregunta sobre cuánto beben ellos (tabla 6).

Tabla 6: Valoración de los consumos

 

Consumen los jóvenes (%)

Consumo propio (%)

 

No consumo

Consumidores

p

Consumidores

Nada

4.6

0.9

0.00

7.2

Poco

9.5

2.9

46.7

Lo normal

18.2

15.8

34.4

Bastante

46.5

56.7

7.6

Mucho

21.2

23.8

4.0

 

Así, la percepción generalizada que existe entre los jóvenes, tanto no consumidores como consumidores, es que los demás beben en exceso, aunque los datos son superiores en los sujetos consumidores. Sin embargo, la percepción que tienen los consumidores sobre su propio consumo es que ellos beben ‘poco' o ‘lo normal', mientras que los demás beben ‘bastante' o ‘mucho', suponiendo un sesgo de ilusión de control de su conducta al valorar que ellos controlan su consumo. De esta manera, consideran que son los demás los que consumen en exceso, pero no ellos. Lo que podría servirles para justificar su conducta y continuar con ella, pues lo valoran como una situación de normalidad que de alguna manera niega ninguna necesidad de modificación de la misma.

Segmentando la muestra según los años de los jóvenes, se produce el mismo fenómeno en todas las edades, incluso a los 13 y 14 años, valorando que su consumo no es excesivo.

Según el sexo, la percepción de las mujeres está más sesgada. Sirva como ejemplo que mientras el 45% de los varones consumidores habituales se ubica en consumir ‘lo normal', el porcentaje sube hasta el 60% en las mujeres consumidoras habituales.

Estos datos están asociados con su percepción de invulnerabilidad , afirmando el 73% de los consumidores esporádicos y el 80% de los consumidores habituales que ellos no van a tener problemas en el futuro como consecuencia de su conducta de consumo. De hecho, reducen la peligrosidad del alcohol conforme se incrementa el consumo, aunque la percepción en todos es reducida. En una valoración de 1 a 5, los no consumidores alcanzan una puntuación media de 2.13 frente a una media de 1.44 en los consumidores (t=11.84, p=0.00).

4. Conclusión

Como conclusión, de forma general podemos afirmar que lo que están reflejando en su conjunto estos datos es la norma social establecida sobre consumo, encubierta pero destacada en relación con el análisis atributivo: aceptación de un consumo moderado de alcohol a partir de los 14/15 años, que aceptan como normal el consumo a su edad. Y consideración de un consumo totalmente generalizado a partir de los 16 años. En su conjunto se destaca una permisibilidad total entre los jóvenes para consumir alcohol.

La influencia de los factores sociales y culturales en la determinación de la conducta se ha demostrado, también en el caso del consumo del alcohol, de gran magnitud, pudiendo matizar las racionalizaciones en la toma de decisiones. La consideración, no real, de que el consumo de alcohol entre jóvenes es tan generalizada les puede facilitar la realización de la conducta de consumo por imitación del modelo social que consideran más normalizado y, desde luego, no pone ningún freno a los consumidores.

Estos resultados explican el mantenimiento de las normas descriptivas (lo que hacen los demás similares a mí) frente a las normas prescriptivas (lo que hay que hacer), con independencia del grado de conocimiento sobre las segundas.

Sería importante que los jóvenes conocieran los datos reales de consumo de alcohol entre los sujetos de su misma edad, sin duda consumos elevados, pero no en la medida en que ellos los perciben.

Influyen también las normas sociales del grupo de pares, ejerciendo una presión muy importante en la elección y el mantenimiento de hábitos. Entendiendo norma social (Miller y Prentice, 1996) como el proceso de comunicación e interacción en un grupo en el que se produce cierta homogeneidad de conductas.

Somos conscientes de la dificultad que conlleva conseguir los objetivos perseguidos de reducir el consumo de alcohol en los jóvenes, puesto que se pretenden modificar comportamientos fuertemente instaurados y dependientes de actitudes, normas y modelos sociales altamente valorados por la juventud, que además ejercen de patrón distintivo de grupo (Leventhal y Cameron, 1994).

Consideramos que las campañas de educación sobre consumo de alcohol deben tener en cuenta los sesgos atribucionales que presentan los sujetos y que les predisponen a tomar una posición de distancia respecto a lo adecuado en su conducta. Esto mismo es lo que se realiza con otras campañas de educación para la salud referidas a otros ámbitos: consumo de drogas, prevención del sida (Igartua, Martín, Ortega y del Río, 1997), campañas de la DGT, educación sexual (Páez, Ubillos y León, 1996), ...

Creemos que debemos fijar el objetivo de la intervención en su autocontrol, en el control de su propia conducta de consumo, despertando el análisis y la reflexión sobre las motivaciones sociales y ofreciendo alternativas de conducta que respeten su estilo de vida; más que en la erradicación por imposición del no consumo de alcohol, medida que por otra parte nunca se ha mostrado efectiva. Se trataría de potenciar el autocontrol de los individuos, puesto que la implantación y mantenimiento de comportamientos saludables pasa por que las personas asuman su capacidad de control real sobre la propia conducta y, sobre todo, los efectos de ésta sobre la salud. Igualmente son precisas habilidades de resistencia a la presión social, como determinante para desarrollar estilos de vida sanos.

El mayor problema, posiblemente sea que muchos de ellos no perciben el problema del consumo como propio, consideran que son los demás los que pueden tener problemas por un consumo excesivo, pero no ellos de forma personal, lo que podría llevar a alejarse de cualquier medida de intervención, ya que no se perciben como beneficiarios de la misma.

Partiendo de esta premisa básica y en función de los resultados obtenidos, creemos que sería conveniente que, dentro de las medidas de intervención, se tuviera en cuenta:

* Trasmitir la información real de que el consumo no es tan general como los jóvenes perciben.

* Incidir en la influencia de las variables sociales y perceptivas en la determinación de los comportamientos individuales.

* Resaltar el factor de peligrosidad del consumo de alcohol, basándonos en la información real disponible, sin sobredimensionar los riesgos, pero tampoco reduciéndolos.

* Valorar las consecuencias a largo plazo de una conducta de consumo excesivo.

* Conceptuar la conducta de consumo de alcohol dentro de comportamiento de riesgo que, por lo tanto, supone un aumento de probabilidades, no una certeza absoluta de sufrir las consecuencias negativas. Ya que como probabilidad está fuera del control personal.

* Trabajar los sesgos de falsa unicidad y falso consenso, preferiblemente con otros temas para su análisis y, posteriormente, hacer la trasferencia a la conducta de consumos.

* Partiendo de la base de que el consumo de alcohol tiene caráter social y que la cultura española siempre ha estado vinculada al consumo del vino, trasladar la idea de que el riesgo no está en “consumir”, sino en los grandes consumos, en el patrón de consumo habitual y en la contingencia de los consumos de drogas.

5. Referencias bibliográficas

Henderson , I.B., Hall, S.M. y Lipfon, H.I. (1980). Changing selfdestructive behaviors. En G. Stoen, F. Cohen y N. Adler (Eds.), Health Psychology . San Francisco: Jossey Bass.

Hewstone, M., Stroebe, W., Codol, J.P. y Stephenson, G.M. (1990). Introducción a la Psicología Social . Barcelona: Ariel. (Trad. F. Morales).

Igartua, J. (1996). Psicología de la publicidad . San Sebastián: Ibaeta Psicología.

Igartua, J.J., Martín, C., Ortega, J. y del Río, P. (1997). La publicidad de prevención del SIDA en Europa: un análisis de sus componentes persuasivos. Comunicación y Cultura, 1-2 , 43-56.

Leventhal, H., Cameron, L. (1994). Persuasion and health attitudes. En S. Sahavitt y T.C. Brock (Eds.), Persuasion. Psychological insignts and perspectives (pp. 219-249). Boston: Allyn & Bacon.

Megías, E. (coord.) (2000). Los valores de la sociedad española y su relación con las drogas . Barcelona: la Caixa.

Megías, E. y Rodríguez, E. (2001). Medios de comunicación social y representaciones sociales sobre drogas. En S. Yubero (coord.), Drogas y drogadicción. Un enfoque social y preventivo . Cuenca: Servicio de Publicaciones de la UCLM.

Miller, D.T. y Prentice, D.A. (1996). The construction of social norms and standards. En E. Tory Hoggins y A.W. Kruglanski (Eds.) , Social psychology. Handbook of Basic Principles (pp. 799-829). New York: The Guilford Press.

Nisbett, R.E. y Ross, L. (1980). Human inference: Strategies and shortcomings of social judgment . Englewood Cliffs: Prentice-Hall.

Páez, D., Ubillos, S. Y León, M. (1996). Evaluación del cambio de actitudes y conductas ante el sida. En N. Basade, D. Páez, R. Usieto, H. Paicheler y J.C. Deschamps (Eds.), El desafío social del sida (pp. 113-133). Madrid: Fundamentos.

 

 

septiembre de 2005, número 8
 
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BITS nº 16, Diciembre 2011
Boletín Informativo de Trabajo Social - ISSN 1578-9578
Facultad de Trabajo Social de Cuenca© Universidad de Castilla-La Mancha