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Libro del mes // julio 2010

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Libro del mes // julio 2010
Fernando de los Ríos
Mi viaje a la Rusia sovietista
Alianza Editorial, Madrid, 1970, 256 p.

El catedrático y diputado socialista Fernando de los Ríos Urruti viajó a la Unión Soviética, como delegado del Partido Socialista Obrero Español, en el otoño de 1920. Entonces, el país hacía balance de los tres primeros años de revolución e iniciaba su andadura hacia la Nueva Política Económica. Su misión consistía en comprobar, de primera mano, junto a su compañero Daniel Anguiano, la realidad del “experimento soviético” y su implicación en todas las áreas del Estado: de su percepción dependía la afiliación de su Partido a la Tercera Internacional.

Para llevar a cabo ese cometido, se entrevistó con los dirigentes revolucionarios Lenin, Bujarin, Trotski y Lunacharski, analizó las instituciones políticas, económicas y culturales creadas por los bolcheviques y se interesó por conocer las opiniones del pueblo ruso. Como resultado de estos testimonios y su propia experiencia pudo formular una crítica coherente al rumbo iniciado por los comunistas y escribir, en 1921, Mi viaje a la Rusia sovietista. Su punto de vista, diferente al de Anguiano, fue decisivo para el futuro del Partido Socialista Obrero Español que, después de escuchar sus razonamientos acerca del carácter antidemocrático del régimen, para el que no existían los principios de igualdad y libertad de los trabajadores, decidió no ingresar en la Internacional Comunista.

El relato del viaje comienza con el trazado de la ruta que siguió desde Alemania a Rusia: el 9 de octubre de 1920 tomó un barco en Stettin con dirección a Reval que le permitió disfrutar de la navegación por el Báltico; desde allí se trasladó en tren hasta Narva, la última ciudad estonia y, a continuación, a Petrogrado. Su llegada a la ciudad fundada por Pedro el Grande le supuso “el primero y más profundo choque con la realidad social” -p. 52-: todo estaba cubierto de nieve y cada una de las personas que vio cargaban un bulto a la espalda, al tiempo que manifestaban fatiga y dolor en sus rostros. Durante su estancia, se alojó en el Hotel Lux, entonces al servicio de la Tercera Internacional, donde pudo comprobar, desde el primer día, las condiciones deplorables a las que estaban sometidos los trabajadores y, también, que ofrecía variedad de actividades y recursos para que sus huéspedes no tuvieran la necesidad de acudir al mundo no oficial y, así, no advirtieran sus limitaciones.

El aspecto de Petrogrado, en su opinión, era catastrófico: las casas presentaban un estado ruinoso, sus calles, casi devastadas, parecían haber sufrido las consecuencias de toda clase de calamidades y “no se oía una palabra ni una risa fresca de chicuelo; yo no sé si el pueblo ruso reía antes; pero sí puedo asegurar –señalaba- que el día que sorprendí una risa en la calle me pareció algo absolutamente insólito, y que este hecho no creo se repitiera más de dos veces en el transcurso de mi estancia” –p. 64-.

También llamó su atención la falta de higiene de los ciudadanos y que la mayoría de las iglesias permanecieran cerradas a diferencia de Moscú donde, a pesar de los desastres de la guerra, se apreciaban menos sus consecuencias. En esta última ciudad, admiró la belleza de las cúpulas doradas de los centenares de iglesias, capillas y monasterios. Aún así, la variedad de cubiertas y la policromía de la iglesia de San Basilio fue lo que más le impresionó; sin olvidar la fascinación que le produjo pasear por el Kremlin, donde vio reflejada toda la historia rusa. Los teatros, a su parecer, eran los únicos lugares que transmitían la sensación de cierta cotidianeidad al margen de la revolución.

Sonia Morales Cano

 

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